Desde hace unos cuarenta años, venimos precisando y puliendo el marco teórico de nuestros talleres bajo una premisa que suele resultar paradójica para la burocracia letrada, simplemente porque opera en la dirección contraria a la usual: la escritura creativa es el único vehículo real para alfabetizarnos y, paulatinamente, desarrollar el gusto por la lectura.
Asumir esta perspectiva implica subvertir el orden del redil institucional. El Ministerio de Educación o la Biblioteca Nacional siempre han preferido el simulacro pasivo: contratar un cuenta-cuentos de vitrina, puro espectáculo y representación higiénica para la estadística de consumo, antes que asumir el riesgo de un trabajo donde el sujeto se ensucie las manos con la materia viva del lenguaje. El Estado necesita clientes de la cultura, lectores dóciles que asimilen primero la ley y las aduanas gramaticales; nosotros proponemos al productor-bicho, al creador soberano que se apropia de la página desde la intemperie de su propia experiencia.
Grosso modo, Jacques Derrida optaba también por esta archi-escritura antes que por el habla. No se trata de “aprender las reglas” para luego expresarse, sino de entender que la escritura es el origen, el espacio primordial donde el cuerpo se inscribe. Por eso, el membrete convencional de lo que hagamos (poesía, narrativa o ensayo) es algo secundario y vendrá después. Lo que nos propusimos desde hace cuatro décadas —aprovechando nuestras aulas formales, es decir, de contrabando, o en explícitos talleres en petit comité— no es un entrenamiento técnico, sino un espacio de acompañamiento y auto-conocimiento.
Acompañar significa atender las necesidades y descubrimientos expresivos de las personas en sus ensayos de una vocación de estilo, sabiendo, como nos dejó dictaminado César Abraham en El arte y la revolución, que “Dime cómo escribes y te diré lo que escribes”. El cómo —el mecanismo somático, el trazo crudo, la parsimonia concentrada— determina ontológicamente el objeto. Cada uno lee y escribe desde un lugar cultural, social y retórico específico; volverse cada vez más consciente de esa coordenada es la única vía para potenciar una lecto-escritura personal y lúcida.
Es aquí donde el concepto del “Acompañar” revela su naturaleza clínica y sagrada. Como se animara a subrayar el entrañable poeta dominicano René Rodríguez Soriano respecto a nuestro poemario Soledad impura (2010):
“Se escribe el poema para encontrar el alma y no a la inversa. He leído Soledad impura para encontrarme sin buscarme, hermano. Entré en él como se entra a la vida, al agua y al amor (desnudo). Seguiré nadando en él, adentro para, a través de él y no con él, mirar el día en toda su cromática. Es la soledad impura más pura que conozco… Es el poema nadando a pecho suelto en lo profundo del charco, a todo pulmón”.
Rodríguez Soriano captó de golpe la inmanencia de nuestra propuesta. Nuestro “charco” (Sin motivo aparente, 1978) no es la piscina pasteurizada de los salones universitarios; es el lodo viviente de la orfandad libre. Entrar desnudo al texto, nadar a pecho suelto y a todo pulmón en lo profundo del mismo, es el único protocolo capaz de disolver el ego cartesiano y hacernos partícipes de una humanidad más feliz, sensual y cruelmente tierna. El fin último del taller no es fabricar piezas de escaparate para el mercado de clips de la Internet, sino percutir la piedra y encender la pradera del auto-conocimiento. Escribir el poema para encontrar el alma: esa, y no otra, sigue siendo nuestra única dirección en el horizonte.
Informes e Inscripciones para este Taller permanente : AQUÏ


