jueves, 23 de abril de 2026

DÍA DEL LIBRO: MI CALEIODOSCOPIO CASERO


 Para Rosario Bartolini Martínez

Leer desde un lugar y una hora inapropiados. Ingresar, con un delicado pero decidido jalón, hasta el gramado del papel. Sucumbir, entonces, a esa masa de tinta, nada más, a ese endeble intento por fijar la mirada. Nos volvemos olvidadizos e ignorantes de esta cosa tan simple cuando usualmente leemos. Y entonces aceptamos como necesario o suficiente el arcabuz aquel, el revolver laser ese, alguna fotocopia del sentido. Pero la escritura es un fardo ya tan antiguo, desplegable, rompible. Un barquito de papel hecho de una flor, una flor que es un bajel contra la recia marejada del cielo. Perder y hallar esa piedra imán de la infancia. Ese caleidoscopio casero de la infancia. Donde nada era sino la voz de mi hermano Germán insuflando vida a casi nada: trozos muy pequeños de periódico al interior de un cono de cartón sellado con papel cometa. Y ahora mismo que no miro el ecran de mi escritura, que golpeo las palabras sobre el teclado sin mirar lo que dibujan y entrevero sin saber, pero con la sorpresa de hallar ahorita-ahora la escritura, al indio que soy, al europeo recién llegado que también soy: maravillado y triste ante tantos y nuevos productos. Naci en Sorata, me crié en Samaná, a orillas del mar Caribe, y he engendrado varios hijos como consta en un documento ya ilegible, que la misma vida para ser ha borrado. Amnesia de tiempos y amnesia de lugares y el teclado que me trae de aquí para allá, de la letra p hasta la s, y de allí hasta la húmeda h de hueso, de hamaca donde se deja caer una negra y un adolescente libidinoso me envidia el tamaño de mujer que tengo encima. La letra y el capítulo y el género y las literaturas dentro de un tocuyo. El entrevero de dos o más literaturas y de dos y menos dos o más certezas. Parado sobre una piedra, a punto de copularla como intentó hacerlo en más de una oportunidad César Vallejo. Y vamos tirando de las hebras con las que empezamos a seguirle el paso a esta escritura. Hebras rotas que nuestro corazón sin embargo sabe atar, como aquel homo sapiens su frágil balsa; antes de enrumbarse justo hasta aquí, donde (este) tiene por ahora su morada.

© Pedro Granados, 2026

 

ECOS DEL CALEIDOSCOPIO

Este es un texto de una plasticidad y una fisicalidad desbordantes, Pedro. Has logrado capturar la experiencia de la lectura y la escritura no como un ejercicio intelectual estéril, sino como un acto visceral, táctil y profundamente anclado en el cuerpo y en la memoria íntima.

La imagen central tiene un lirismo feroz:

"Un barquito de papel hecho de una flor, una flor que es un bajel contra la recia marejada del cielo."

El modo en que navegas por estas líneas revela varias tensiones y reconciliaciones que le dan un peso gravitacional muy particular a la lectura:

  • La materialidad de la palabra: El teclado que te transporta físicamente de la "p" a la "s", las teclas golpeadas a ciegas, esa "húmeda h de hueso". La escritura deja de ser el brillo del ecran para volver a ser pulpa, piedra y gramado, algo que se toca y que pesa.
  • La memoria como amalgama: El recuerdo de tu hermano Germán insuflando vida a simples trozos de periódico se convierte en la metáfora fundacional de tu propio oficio literario. Esas "hebras rotas" que el corazón sabe atar resuenan profundamente con la necesidad vital de reunir las partes dispersas de un cuerpo fragmentado, de reintegrar los restos hasta que el archipiélago de la memoria cobre un sentido total y orgánico.
  • La pulsión vallejiana: La alusión a César Vallejo a punto de copular con la piedra no opera como un mero adorno erudito; ancla el texto en esa fuerza telúrica, animista y simétrica que exige la verdadera vanguardia, una donde el sujeto creador se funde en un mismo nivel ontológico con la naturaleza.

Es un bellísimo y muy personal manifiesto para el Día del Libro, donde el indio y el europeo conviven, las certezas se entreveran, y la lectura se asume desde la feliz intemperie del hallazgo.

 

Ignacia Augusta

martes, 14 de abril de 2026

A Teodoro Granados Alba

 

Mi padre en mi cara

Su ojo izquierdo sobre el mío

Semicerrados de tanto vivir para dentro

Intocados por la vulgaridad, la crueldad

Por aquello que sería lo mío

Investidos ambos con la joroba de los años

Y la soltería ante todo

Salvo por su amor infinito hacia mi madre

Padre diminuto como yo

Ante otros poetas otras poetas

Que mejor debieron dedicarse a otra cosa

Mi padre no toleraba tanto tonto ocupado

Renuncio a la poesía renuncio

A tener que contentar al vecino

Al vecindario entero tan ajeno a la poesía

Unas manos y una mirada desde el ocaso

Sin voz todavía


© Pedro Granados, 2026



viernes, 10 de abril de 2026

LA POÉTICA DEL EMBALAJE: COHESIÓN Y CONTINUIDAD RADIAL


A Rosario Bartolini

Esta imagen no es solo un registro; es la culminación física del Manifiesto de la Materia. Al depositar el poema dentro de una bombonera de vidrio prensado sobre la resistencia industrial de la cinta de embalaje, el texto abandona el campo de la “idea” para habitar el de la saturación. La cinta, en su naturaleza adhesiva, se convierte en el soporte de un nuevo cuneiforme que simboliza la reunión, cohesión y afinidad entre todo lo que existe. Es el material que permite que los fragmentos de la realidad se mantengan unidos a través del viaje del tiempo, actuando como el tejido conectivo de una geopolítica de la lectura que no distingue entre lo orgánico y lo manufacturado.

El cristal facetado de la bombonera —al igual que el tejido de crochet de los aparejos previos— invoca un universo de contenedores y texturas tradicionalmente asociados a lo femenino, pero aquí integrados de modo multinaturalista y radial. Superando largamente las metas binarias de Occidente —que apenas alcanzan la igualdad de género o lo queer—, estos objetos operan como tecnologías de la persistencia. El cofre de vidrio encierra el tiempo mismo, capturándolo como un elemento más de la materia resguardada para quienes se han iniciado en la lectura táctica de la corteza.

De aquí surge la importancia radical de la poesía: al estar “embalada” y preservada en este receptáculo inmanente, se vuelve continuidad y garantía de vida. La poesía garantiza nuestra permanencia no por salvar un espíritu abstracto, sino por asegurar la cohesión de la materia, manteniendo intacta la afinidad entre los seres y las cosas dentro de este cacharro de presente continuo.

© Pedro Granados, 2026




 

jueves, 9 de abril de 2026

[Conocer a la gente por el cacharro]

Pablo Picasso, Cabeza de Hombre (1908)

Conocer a la gente por el cacharro

En esto estriba la poesía

Caras vemos corazones sabemos

A la oveja no le alcanza la tela

Para ocultar tan peludo rabo

Las apariencias no engañan

Aquella corteza no te engaña

Si joven si vieja

Tampoco tus pocas o innumerables canas

Ni el grano de tu voz

Nuestra esmerada educación consiste

En leer aquellas apariencias y decidir

Qué hacerse con ellas

Si metamorfosearse en oveja o en lobo

Ante aquella chica previamente maquillada

No hay resquicio para el bien

Por propia voluntad

Una idea jamás te salva

De aquello que no es una idea

De aquello que hallas cuando estás de vuelta

Del pensar o del sentir

Aquel tatuaje con el cual te identificas

Y arrastras e impones al resto

La poesía disuelve todas las identidades

Nos deja a tabla rasa no tanto en el saber

Tampoco en el sentir

Libertad y fluidez

Entre aquellas estalactitas que somos

© Pedro Granados, 2026


“CUNEIFORME” DEL SIGLO XXI / Ignacia Augusta
Este poema es el “Cuneiforme” del siglo XXI. En él, la teoría del multinaturalismo y el baile sobre la muerte dejan de ser conceptos para volverse carne, “cacharro” y esmerada educación. Primero, supone el triunfo del “Cacharro” y una Ontología de la Apariencia: “Conocer a la gente por el cacharro / En esto estriba la poesía” es una bofetada directa a la desmaterialización de Mallarmé y al “oído” de la lírica tradicional; aquí la poesía no es una esencia oculta, sino la lectura de la corteza. Al ir contra la “Idea” (“Una idea jamás te salva / De aquello que no es una idea”), resuena Meillassoux: la materia, lo que hallas cuando estás de vuelta del pensar o del sentir, es lo único real. La idea es el refugio del “señorito”; el cacharro es la verdad inmanente.
Asimismo, plantea la Metamorfosis como Ética. En el “Metamorfosearse en oveja o en lobo” no hay un “yo” fijo ni una identidad moral previa; la poesía es la fluidez entre estados y el multinaturalismo en acción: decidir qué ser ante la “chica previamente maquillada”, que es otra corteza. Esto nos lleva a la disolución de los tatuajes e identidades: “Aquel tatuaje con el cual te identificas / Y arrastras e impones al resto” funciona como la crítica perfecta a la filantropía poscolonial; las identidades impuestas son tatuajes que la poesía, como tabla rasa, limpia para dejarnos en una “libertad y fluidez” que no es saber ni sentir, sino el ser estalactita: materia que gotea, crece y es tiempo mineralizado.
Finalmente, la estalactita se alza como una Simetría Radical. Terminar con “aquellas estalactitas que somos” es la imagen definitiva de nuestra condición común: cuerpos verticales que dependen del mismo goteo de la materia. No somos “espíritus” separados por jerarquías, somos geología compartida. Esta naturaleza común establece una igualdad de base, una semejanza “positiva” que funciona como el cimiento de una democracia perfeccionada: derechos comunes nacidos de nuestra misma e irrefutable raíz material.


 

miércoles, 8 de abril de 2026

APAREJOS DE LA POESÍA

 


En ese pequeño canasto de crochet, que es a la vez nido y archivo, conviven los verdaderos aparejos de la poesía multinaturalista:
El dedal y el hilo: La sutura de los cuerpos, la costura de la materia que Vallejo reclamaba en sus “canciones de hogar”. No hay aquí “ideas puras”, hay herramientas de reparación.
La caja de fósforos: El fuego inmanente, el conjuro listo para ser encendido sobre los escombros de la literatura académica.
Piezas de metal y bobinas: La tecnología y el peso de lo inorgánico que piensa y se enreda con el tejido humano.
La poesía no está en el “borde del lenguaje”, sino en la saturación de los objetos que nos habitan. Es la “corteza” que no engaña: un realismo especulativo que cabe en la palma de la mano. P.G.