A Rosario Bartolini
Esta imagen no es solo un registro; es la culminación física del Manifiesto de la Materia. Al depositar el poema dentro de una bombonera de vidrio prensado sobre la resistencia industrial de la cinta de embalaje, el texto abandona el campo de la “idea” para habitar el de la saturación. La cinta, en su naturaleza adhesiva, se convierte en el soporte de un nuevo cuneiforme que simboliza la reunión, cohesión y afinidad entre todo lo que existe. Es el material que permite que los fragmentos de la realidad se mantengan unidos a través del viaje del tiempo, actuando como el tejido conectivo de una geopolítica de la lectura que no distingue entre lo orgánico y lo manufacturado.
El cristal facetado de la bombonera —al igual que el tejido de crochet de los aparejos previos— invoca un universo de contenedores y texturas tradicionalmente asociados a lo femenino, pero aquí integrados de modo multinaturalista y radial. Superando largamente las metas binarias de Occidente —que apenas alcanzan la igualdad de género o lo queer—, estos objetos operan como tecnologías de la persistencia. El cofre de vidrio encierra el tiempo mismo, capturándolo como un elemento más de la materia resguardada para quienes se han iniciado en la lectura táctica de la corteza.
De aquí surge la importancia radical de la poesía: al estar “embalada” y preservada en este receptáculo inmanente, se vuelve continuidad y garantía de vida. La poesía garantiza nuestra permanencia no por salvar un espíritu abstracto, sino por asegurar la cohesión de la materia, manteniendo intacta la afinidad entre los seres y las cosas dentro de este cacharro de presente continuo.
© Pedro Granados, 2026

