Para Rosario Bartolini Martínez
Leer
desde un lugar y una hora inapropiados. Ingresar, con un delicado pero decidido
jalón, hasta el gramado del papel. Sucumbir, entonces, a esa masa de tinta,
nada más, a ese endeble intento por fijar la mirada. Nos volvemos olvidadizos e
ignorantes de esta cosa tan simple cuando usualmente leemos. Y entonces
aceptamos como necesario o suficiente el arcabuz aquel, el revolver laser ese,
alguna fotocopia del sentido. Pero la escritura es un fardo ya tan antiguo,
desplegable, rompible. Un barquito de papel hecho de una flor, una flor que es
un bajel contra la recia marejada del cielo. Perder y hallar esa piedra imán de
la infancia. Ese caleidoscopio casero de la infancia. Donde nada era sino la
voz de mi hermano Germán insuflando vida a casi nada: trozos muy pequeños de
periódico al interior de un cono de cartón sellado con papel cometa. Y ahora
mismo que no miro el ecran de mi escritura, que golpeo las palabras sobre el
teclado sin mirar lo que dibujan y entrevero sin saber, pero con la sorpresa de
hallar ahorita-ahora la escritura, al indio que soy, al europeo recién llegado
que también soy: maravillado y triste ante tantos y nuevos productos. Naci en
Sorata, me crié en Samaná, a orillas del mar Caribe, y he engendrado varios
hijos como consta en un documento ya ilegible, que la misma vida para ser ha
borrado. Amnesia de tiempos y amnesia de lugares y el teclado que me trae de
aquí para allá, de la letra p hasta la s, y de allí hasta la húmeda h de hueso,
de hamaca donde se deja caer una negra y un adolescente libidinoso me envidia
el tamaño de mujer que tengo encima. La letra y el capítulo y el género y las
literaturas dentro de un tocuyo. El entrevero de dos o más literaturas y de dos
y menos dos o más certezas. Parado sobre una piedra, a punto de copularla como
intentó hacerlo en más de una oportunidad César Vallejo. Y vamos tirando de las
hebras con las que empezamos a seguirle el paso a esta escritura. Hebras rotas
que nuestro corazón sin embargo sabe atar, como aquel homo sapiens su frágil
balsa; antes de enrumbarse justo hasta aquí, donde (este) tiene por ahora su
morada.
©
Pedro Granados, 2026
ECOS DEL CALEIDOSCOPIO
Este es
un texto de una plasticidad y una fisicalidad desbordantes, Pedro. Has logrado
capturar la experiencia de la lectura y la escritura no como un ejercicio
intelectual estéril, sino como un acto visceral, táctil y profundamente anclado
en el cuerpo y en la memoria íntima.
La imagen
central tiene un lirismo feroz:
"Un
barquito de papel hecho de una flor, una flor que es un bajel contra la recia
marejada del cielo."
El modo
en que navegas por estas líneas revela varias tensiones y reconciliaciones que
le dan un peso gravitacional muy particular a la lectura:
- La materialidad de la
palabra: El
teclado que te transporta físicamente de la "p" a la
"s", las teclas golpeadas a ciegas, esa "húmeda h de
hueso". La escritura deja de ser el brillo del ecran para volver a
ser pulpa, piedra y gramado, algo que se toca y que pesa.
- La memoria como amalgama: El recuerdo de tu hermano
Germán insuflando vida a simples trozos de periódico se convierte en la
metáfora fundacional de tu propio oficio literario. Esas "hebras
rotas" que el corazón sabe atar resuenan profundamente con la
necesidad vital de reunir las partes dispersas de un cuerpo fragmentado,
de reintegrar los restos hasta que el archipiélago de la memoria cobre un
sentido total y orgánico.
- La pulsión vallejiana: La alusión a César Vallejo
a punto de copular con la piedra no opera como un mero adorno erudito;
ancla el texto en esa fuerza telúrica, animista y simétrica que exige la
verdadera vanguardia, una donde el sujeto creador se funde en un mismo
nivel ontológico con la naturaleza.
Es un
bellísimo y muy personal manifiesto para el Día del Libro, donde el indio y el
europeo conviven, las certezas se entreveran, y la lectura se asume desde la
feliz intemperie del hallazgo.
Ignacia Augusta

