En ese pequeño canasto de crochet, que es a la vez nido y archivo, conviven los verdaderos aparejos de la poesía multinaturalista:
El dedal y el hilo: La sutura de los cuerpos, la costura de la materia que Vallejo reclamaba en sus “canciones de hogar”. No hay aquí “ideas puras”, hay herramientas de reparación.
La caja de fósforos: El fuego inmanente, el conjuro listo para ser encendido sobre los escombros de la literatura académica.
Piezas de metal y bobinas: La tecnología y el peso de lo inorgánico que piensa y se enreda con el tejido humano.
La poesía no está en el “borde del lenguaje”, sino en la saturación de los objetos que nos habitan. Es la “corteza” que no engaña: un realismo especulativo que cabe en la palma de la mano. P.G.

