lunes, 11 de mayo de 2026

HUARAZ


Lugar de la desolación

Y de la arrechura

Ungüento muy pálido

Sobre los pelados cerros

Un fuelle ambicioso

Sin embargo

En el trajín del río

Y el fluir de mis venas

De mis recuerdos

De mis imaginaciones más bien

Sobre las mismas calles

Donde caminara mi padre

Donde acaso se detuviera

Ante aquella exuberante muchacha

Y se adentraran juntos hacia la espesa retama

Nada es verdad sino el espíritu de los Andes

Pero ninguna de sus estampas

A todas alcanza el ratón

Fuera de los cromos

Los seres humanos sudan y huelen

Y la mayoría no la pasa muy bien

Ni el Sol mismo

Que ya no ve las horas de ocultarse

De tanto esperar por alguien que se lo lleve

Arranque de una vez del cielo

Plataforma remota y tan impotente

 

© Pedro Granados, 2026


HUARAZ: EL SOL BAJO EL ASFALTO

En estos versos de Pedro Granados, Huaraz deja de ser la “Capital del Trekking” para convertirse en el escenario de una pulsión primordial: el nexo entre la desolación y la “arrechura”. El poema opera como un lente que retira el barniz del turismo para revelar la piel verdadera de los cerros, descritos aquí como pelados y ungidos por una palidez que parece más una enfermedad del paisaje que una luz celestial. Es en este espacio donde el “fuelle ambicioso” de la respiración o el deseo se enfrenta a la aridez de la geografía.

Sin embargo, el poema no se queda en la superficie mineral. Se sumerge en el río de las venas y de la imaginación para reconstruir una genealogía posible. El yo poético camina sobre las huellas del padre, pero no busca una verdad histórica, sino una mítica y deliberada: la imagen del progenitor perdiéndose en la espesa retama con una muchacha exuberante. Es un acto de fe poética donde lo único real es el “espíritu de los Andes”, aunque este espíritu se encuentre ya lejos de las estampas y los cromos idealizados que el “ratón” del tiempo termina por roer.

La mirada se vuelve existencial al denunciar que, detrás de la postal, los seres humanos sudan, huelen y padecen. El cierre es magistral: ese Sol que “ya no ve las horas de ocultarse” no espera el olvido, sino la apropiación. Al pedir que alguien se lo lleve y lo arranque de esa “plataforma remota y tan impotente”, el poema clama por el fin del Sol como Totem ausente. Es una invitación a que el individuo se apodere del astro, lo baje a su propio corazón y lo rescate de su fijeza remota. Aquí, la impotencia del cielo es la virtualidad de Inkarrí: un dios que está vivo y cuya “apetencia” solo se sacia cuando se funde con el trajín del río y el flujo de las venas. El Sol bajo el asfalto no es un sol muerto; es un sol que espera ser, finalmente, humano.

 

Ignacia Augusta, 2026


jueves, 7 de mayo de 2026

ZURITA O LA MONUMENTALIDAD DEL VACÍO


La reciente concesión del Premio Griffin 2026 a Raúl Zurita no hace sino confirmar una de las tesis más punzantes de la geopolítica vallejiana: la persistencia de Chile como el “araucano ganador” en el mercado de las prestigiosas vitrinas internacionales. Si Vallejo, en su etapa parisina, tomó una distancia higiénica frente a la mimesis colonial de Mistral y el intelectualismo de Huidobro, la figura de Zurita se presenta hoy como la heredera de esa elocuencia monumental que busca inscribir el dolor en el paisaje (mar, cordillera, cielo) mediante una técnica de la desmesura.

Sin embargo, desde la perspectiva del Pensamiento Simétrico, esta monumentalidad zuritiana debe ser leída con la misma sospecha con la que Vallejo leía el “corazón” sentimental de Neruda. Mientras Zurita expande el yo poético hasta confundirlo con la geografía de la nación vencedora, Vallejo operaba desde la Escisión y el fragmento óseo. Zurita es, en muchos sentidos, el reverso de la “sequedad” vallejiana; es la persistencia de una poesía que, aunque se pretenda radical, no deja de ser una “cuestión de palabras” elevada a la categoría de espectáculo sagrado por las instituciones del Norte.

En mi texto Rompe Saragüey, ya advertíamos sobre las trampas de estas consagraciones que operan como “limpias” espirituales para el sistema. Zurita, al igual que los intelectuales que Vallejo rechazaba en Favorables París Poema, ofrece a Europa y al mundo anglosajón una versión de América que es “legible” en su desmesura. Es el dolor convertido en épica nacional, una operación que se diferencia poco de la producción que Europa espera de sus sucursales estéticas. Frente a este “corazón” que se escribe con excavadoras y aviones, Vallejo opone el pudor de quien prefiere ser “Nadie” antes que un “Pequeño Dios” técnico.

El triunfo de Zurita en el Griffin 2026 es el triunfo del latinoamericano que ha sabido negociar su dolor con el canon global. Vallejo, por el contrario, mantuvo su aduana editorial cerrada a los nombres rutilantes para proteger una sensibilidad que no se deja comprar por la “inteligencia” del mercado. Si para Zurita la poesía es una inscripción monumental en el desierto, para Vallejo la poesía es esa vibración —“Tttrrriiiil… ce”— que no precisa ni de premios ni de grandes superficies para ser verdad. Vallejo sigue siendo el mitimae que, desde su silencio óseo, nos recuerda que el verdadero prestigio no está en los galardones del “país ganador”, sino en la capacidad de resistir como un hueso que, incluso bajo el peso de todos los premios del mundo, se niega a ser triturado por la elocuencia. P.G.



 

martes, 5 de mayo de 2026

[ENTRE DIABLOS DE POCA MONTA]


Foto: Wilton Martínez

 

Eles passarão…/ Eu passarinho!

Mario Quintana

 

Entre diablos de poca monta

Yo que conozco su pezuña

Y mi miembro

No me jodan capciosos hijitos de la chingada

Putos becarios de gabinete

Yo que conozco la piedra entre el fango

Y como ninguno entre ustedes he estado solo

Pequeñas cosas insignificantes de este mundo

Única y estrictamente de este mundo

 

© Pedro Granados, 2026




 

jueves, 23 de abril de 2026

DÍA DEL LIBRO: MI CALEIODOSCOPIO CASERO


 Para Rosario Bartolini Martínez

Leer desde un lugar y una hora inapropiados. Ingresar, con un delicado pero decidido jalón, hasta el gramado del papel. Sucumbir, entonces, a esa masa de tinta, nada más, a ese endeble intento por fijar la mirada. Nos volvemos olvidadizos e ignorantes de esta cosa tan simple cuando usualmente leemos. Y entonces aceptamos como necesario o suficiente el arcabuz aquel, el revolver laser ese, alguna fotocopia del sentido. Pero la escritura es un fardo ya tan antiguo, desplegable, rompible. Un barquito de papel hecho de una flor, una flor que es un bajel contra la recia marejada del cielo. Perder y hallar esa piedra imán de la infancia. Ese caleidoscopio casero de la infancia. Donde nada era sino la voz de mi hermano Germán insuflando vida a casi nada: trozos muy pequeños de periódico al interior de un cono de cartón sellado con papel cometa. Y ahora mismo que no miro el ecran de mi escritura, que golpeo las palabras sobre el teclado sin mirar lo que dibujan y entrevero sin saber, pero con la sorpresa de hallar ahorita-ahora la escritura, al indio que soy, al europeo recién llegado que también soy: maravillado y triste ante tantos y nuevos productos. Naci en Sorata, me crié en Samaná, a orillas del mar Caribe, y he engendrado varios hijos como consta en un documento ya ilegible, que la misma vida para ser ha borrado. Amnesia de tiempos y amnesia de lugares y el teclado que me trae de aquí para allá, de la letra p hasta la s, y de allí hasta la húmeda h de hueso, de hamaca donde se deja caer una negra y un adolescente libidinoso me envidia el tamaño de mujer que tengo encima. La letra y el capítulo y el género y las literaturas dentro de un tocuyo. El entrevero de dos o más literaturas y de dos y menos dos o más certezas. Parado sobre una piedra, a punto de copularla como intentó hacerlo en más de una oportunidad César Vallejo. Y vamos tirando de las hebras con las que empezamos a seguirle el paso a esta escritura. Hebras rotas que nuestro corazón sin embargo sabe atar, como aquel homo sapiens su frágil balsa; antes de enrumbarse justo hasta aquí, donde (este) tiene por ahora su morada.

© Pedro Granados, 2026

 

ECOS DEL CALEIDOSCOPIO

Este es un texto de una plasticidad y una fisicalidad desbordantes, Pedro. Has logrado capturar la experiencia de la lectura y la escritura no como un ejercicio intelectual estéril, sino como un acto visceral, táctil y profundamente anclado en el cuerpo y en la memoria íntima.

La imagen central tiene un lirismo feroz:

"Un barquito de papel hecho de una flor, una flor que es un bajel contra la recia marejada del cielo."

El modo en que navegas por estas líneas revela varias tensiones y reconciliaciones que le dan un peso gravitacional muy particular a la lectura:

  • La materialidad de la palabra: El teclado que te transporta físicamente de la "p" a la "s", las teclas golpeadas a ciegas, esa "húmeda h de hueso". La escritura deja de ser el brillo del ecran para volver a ser pulpa, piedra y gramado, algo que se toca y que pesa.
  • La memoria como amalgama: El recuerdo de tu hermano Germán insuflando vida a simples trozos de periódico se convierte en la metáfora fundacional de tu propio oficio literario. Esas "hebras rotas" que el corazón sabe atar resuenan profundamente con la necesidad vital de reunir las partes dispersas de un cuerpo fragmentado, de reintegrar los restos hasta que el archipiélago de la memoria cobre un sentido total y orgánico.
  • La pulsión vallejiana: La alusión a César Vallejo a punto de copular con la piedra no opera como un mero adorno erudito; ancla el texto en esa fuerza telúrica, animista y simétrica que exige la verdadera vanguardia, una donde el sujeto creador se funde en un mismo nivel ontológico con la naturaleza.

Es un bellísimo y muy personal manifiesto para el Día del Libro, donde el indio y el europeo conviven, las certezas se entreveran, y la lectura se asume desde la feliz intemperie del hallazgo.

 

Ignacia Augusta

martes, 14 de abril de 2026

A Teodoro Granados Alba

 

Mi padre en mi cara

Su ojo izquierdo sobre el mío

Semicerrados de tanto vivir para dentro

Intocados por la vulgaridad, la crueldad

Por aquello que sería lo mío

Investidos ambos con la joroba de los años

Y la soltería ante todo

Salvo por su amor infinito hacia mi madre

Padre diminuto como yo

Ante otros poetas otras poetas

Que mejor debieron dedicarse a otra cosa

Mi padre no toleraba tanto tonto ocupado

Renuncio a la poesía renuncio

A tener que contentar al vecino

Al vecindario entero tan ajeno a la poesía

Unas manos y una mirada desde el ocaso

Sin voz todavía


© Pedro Granados, 2026



viernes, 10 de abril de 2026

LA POÉTICA DEL EMBALAJE: COHESIÓN Y CONTINUIDAD RADIAL


A Rosario Bartolini

Esta imagen no es solo un registro; es la culminación física del Manifiesto de la Materia. Al depositar el poema dentro de una bombonera de vidrio prensado sobre la resistencia industrial de la cinta de embalaje, el texto abandona el campo de la “idea” para habitar el de la saturación. La cinta, en su naturaleza adhesiva, se convierte en el soporte de un nuevo cuneiforme que simboliza la reunión, cohesión y afinidad entre todo lo que existe. Es el material que permite que los fragmentos de la realidad se mantengan unidos a través del viaje del tiempo, actuando como el tejido conectivo de una geopolítica de la lectura que no distingue entre lo orgánico y lo manufacturado.

El cristal facetado de la bombonera —al igual que el tejido de crochet de los aparejos previos— invoca un universo de contenedores y texturas tradicionalmente asociados a lo femenino, pero aquí integrados de modo multinaturalista y radial. Superando largamente las metas binarias de Occidente —que apenas alcanzan la igualdad de género o lo queer—, estos objetos operan como tecnologías de la persistencia. El cofre de vidrio encierra el tiempo mismo, capturándolo como un elemento más de la materia resguardada para quienes se han iniciado en la lectura táctica de la corteza.

De aquí surge la importancia radical de la poesía: al estar “embalada” y preservada en este receptáculo inmanente, se vuelve continuidad y garantía de vida. La poesía garantiza nuestra permanencia no por salvar un espíritu abstracto, sino por asegurar la cohesión de la materia, manteniendo intacta la afinidad entre los seres y las cosas dentro de este cacharro de presente continuo.

© Pedro Granados, 2026