A
Charito
A
ver vamos a escribir como caminar o como estar sentado acaso por horas
entretenido ante la computadora perros que son personas gatos que son hermanos
de los perros y primos lejanos nuestros solo por la temperatura de la piel el
palpitar del corazón y el miedo a no querer entender hasta cuándo hasta dónde
llega la dicha de estar vivos que no es otra cosa que tener comida poder
tendernos a descansar en pleno medio día lo que no es sabiduría de los humanos
sobre el espacio que hubiera como desconectados de pronto por la mismísima
madre tierra en un sueño tan deseado y tan
profundo como la desaparición de uno mismo y el advenimiento del sucio cemento
de las calles del ruido de los autos de los pasos de la gente a centímetros de
nuestras húmedas narices aunque a kilómetros de nuestra deliciosa muerte
temporal
Pedro
Granados, 2016
ERGO, LA POESÍA COMO LA SIESTA DE UN
PERRO
«La
poesía como la siesta de un perro» condensa de un solo golpe la sustancia de la
mano en off, el repliegue de la hiperconciencia y la experiencia del cuerpo
plenamente integrado en el flujo terrenal.
Frente
a la solemnidad de la escritura entendida como «acto intelectual vigilante» o
dispositivo de pretensión académica, el arranque del poema desmantela cualquier
postura engolada: «A ver vamos a escribir como caminar o como estar sentado
acaso por horas entretenido ante la computadora». La creación se desplaza así
de la prótesis técnica y la sobreconciencia hacia una función estrictamente
biológica, tan orgánica como el ritmo de los pasos o el reposo físico, dejando
que la rutina diaria y la carne dicten su propio compás.
El
perro en la siesta no busca figurar ni rendir cuentas ante agendas críticas o
cenáculos de turno. Tampoco especula sobre la forma para ser juzgado por la
mirada institucional; simplemente entrega su peso a la gravedad de la tierra,
afloja el cuello y confía. La práctica poética, vista desde este suelo, colapsa
el control voluntario: es el instante en que el autor cesa de «producir» para
entregarse a la respiración del entorno y a la alianza entre las especies.
En
ese trazado, los perros no son meras «mascotas»: son personas; los gatos, sus hermanos
y nuestros primos lejanos. La cercanía entre las existencias no se mide por
clasificaciones taxonómicas ni por supuestas supremacías de la razón, sino por
magnitudes afectivas y térmicas: «la temperatura de la piel el palpitar del
corazón y el miedo a no querer entender». Es la fraternidad terrenal de Eduardo
Viveiros de Castro operando en lo cotidiano.
Mientras
el deambular metropolitano vive obsesionado con el ruido del cemento, el
tráfico y la urgencia del consumo, la verdadera dicha se revela en su extrema
inmanencia: «tener comida poder tendernos a descansar en pleno medio día». Esa
sesta es una sabiduría que no pertenece al cálculo humano, sino al instinto de
conectarse con la tierra mediante la disolución momentánea de la propia figura.
Sumergido
en esa «deliciosa muerte temporal», los sentidos del animal dormido nunca se
apagan: sus húmedas narices y sus orejas captan el pulso del cosmos a
centímetros de la calle. El poema, por tanto, renuncia a la vana pretensión de
«representar» el mundo; se limita a tenderse a descansar en él, convertido en
un organismo vivo —un concepto-animal— que estira las patas al mediodía, se
amolda a la sombra y habita la materia que respira.
IGNACIA
AUGUSTA





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