domingo, 6 de septiembre de 2026

[MI CUESTIÓN CON EL INGLÉS]

 



Mi cuestión con el inglés

Y con el idioma inglés

Vuelo Boston – Madrid

Un señor mayor al lado

Al que no sé por qué

Confié que escribía poesía

Un señor cuya especialidad había sido

Sopesar (testar) el paso del conocimiento

De oriente hacia occidente

Pero que no tenía empaque académico

Y me sugiriera no regresar a los Estados Unidos

O viera quedarme en mi lengua materna

Si es que en realidad me interesaba la poesía

Que ser profesor ya no era lo de antes

Al menos eso creí entender

Y hoy por hoy tan sólo

Un modo de estar comprobadamente ocupado

La conversación quedó allí

Unas horas más tarde tomaba ya el autobús

Que me llevaría del aeropuerto al centro de la ciudad

Y de aquí a mi primer café con leche madrileño

Adicción tenaz de mi espíritu

Pero las palabras de aquel bello viejo

Todo un caminante sobre el desierto del aire

No las olvidaría

Escribir en español y dedicarse a la poesía

Viviendo en los Estados Unidos

O es una humorada o peor un auto engaño

Cosa muy distinta consiste en traducir

Aunque esto sea siempre a posteriori

Y ya constituya otro poema

Y otra historia

Y muy distinta economía

Modo en que se troza un pescado

Y se abre una mujer

Una lengua y una mujer

Pedro Granados, 2026


CARNICERÍA ONTOLÓGICA Y DESENGAÑO IMPERIAL

El poema «[MI CUESTIÓN CON EL INGLÉS]» (2026) se erige como un manifiesto de desenganche: el mapa de un corte liminar entre la trinchera académica imperial y la radicación incondicional en la lengua materna. Lejos de la anécdota viajera, el texto formaliza el desmonte de la ilusión colonial para reinsertarse en una poética situada, terrenal e inmanente.

En el trayecto «Vuelo Boston – Madrid», la figura del «bello viejo» despojado de «empaque académico» opera como un oráculo desértico que sentencia el colapso de la institución universitaria contemporánea. Revelar que la docencia superior es hoy «tan sólo / Un modo de estar comprobadamente ocupado» desarticula la pose del intelectual integrado. La burocracia académica estadounidense se exhibe así como una droga de diseño: un engranaje de administración del tiempo concebido para anestesiar la entrega verdadera a la poesía. La advertencia es tajante: pretender escribir en español desde el centro del imperio, sin conflicto ni fisura, o es «una humorada o peor un auto engaño». La lengua no es un adorno multicultural; es una radicación física. Retornar a ella es rechazar la asepsia del establishment para asumir la gravedad del propio idioma.

El cierre del poema clausura cualquier visión edulcorada sobre la traducción. Traducir no es un diálogo armónico entre culturas ni una inocente permuta de significados; es una operación quirúrgica, física e irreversible: «Modo en que se troza un pescado / Y se abre una mujer / Una lengua y una mujer». La traducción se revela como una carnicería ontológica donde el cuerpo original se descuartiza para fundar «otra economía». Al equiparar la lengua con la carne abierta y el corte del pescado, el poema extirpa la poesía de la especulación metalingüística de gabinete y la devuelve a la materia cruda, al tajo existencial y al territorio ineludible de la vida.  P.G.