La
irrupción de Vladimir Condorccallo en el panorama de las poéticas
contemporáneas plantea una radical impugnación a la solemnidad de la biografía
canónica y a las imposturas del «poeta profesional». En las páginas de Ensayo
de filosofía imaginada (Lima: Cuarto de espera, 2026) —un artefacto que fluctúa
de manera caleidoscópica entre la biografía, el autorretrato, la crónica y el
poemario—, Condorccallo no se presenta como la figura iluminada del vate
tradicional, sino como la encarnación misma del verbo Poesía hallado desde un
anagrama entre los pliegues del idioma. A pesar de su condena explícita a
quienes andan «inspirados» por el mundo exhibiendo su estatus, Condorccallo
abriga la certeza inconmovible de poseer una inspiración interior, una
determinación óntica que habita «ladinamente al margen de la ley».
Esta
revelación descansa sobre un pliegue etimológico y conceptual decisivo: la
poesía deriva aquí de poseía. La poesía no se busca como un trofeo en el
exterior ni se ejerce como un título de propiedad sobre el mundo; el acierto
radicará siempre en encontrarla no fuera, sino dentro del lenguaje mismo. Quien
pretende poseer la poesía la reduce a fetiche o gesticulación; en cambio,
asumir que ya la poseía implica que el sujeto no es dueño del sentido, sino el
lugar de paso donde la lengua cobra conciencia de su propia materia y de sus accidentes
cotidianos.
Esta
tensión vital coloca de inmediato a Condorccallo en sintonía con la órbita de
Luis Hernández. En Hernández, la poesía jamás fue una carrera ni un objeto de
dominio, sino un estado de conspiración afectiva, una forma de vida al margen
de los salones que se desplegaba en libretas manuscritas, regalos y paseos
solitarios. Al igual que el héroe sin carácter o el Macunaíma andino, Hernández
entendió que la verdadera dignidad de la palabra no se conquista afuera, sino
en la inmanencia del estar situado. No hay en Hernández diletantismo ni afán de
adorno, sino la rotunda negativa a permitir que la institución literaria
arrebate el calor de la experiencia real.
Es
en la oscilación semántica del propio nombre del personaje donde esta herencia
se vuelve más evidente. El apellido «Condorccallo» evoca esa síntesis trágica y
satírica tan propia de la mejor tradición peruana, desde la anagnórisis solar
de César Vallejo («Pero he venido de Trujillo a Lima / Pero gano un sueldo de
cinco soles») hasta la lucidez fronteriza de Hernández. El «cóndor» evoca el
ave majestuosa que domina los vientos de la alta cultura, el mito y la
astronomía; pero al descender al suelo del día a día, delata de inmediato sus
ridículos y terrestres «callos». Esta capacidad para cruzar lo sublime con lo
pedestre —el nombre de «Vladimir» carnavalizado entre la gloria de gobernar y
acaso la intimidad de masturbarse antes de dormir— revalida la mirada de
Hernández, para quien la música clásica o un planeta distante convivían sin
jerarquía con las playas de Lima, la jerga de barrio y la vulnerabilidad de la
carne.
Aunque
Ensayo de filosofía imaginada, reciente libro de Carlos Quenaya, apela al
ensamblaje, al collage y a la captura de voces del entorno, estas herramientas
no funcionan como una sustracción de la materia ni como una farsa metatextual.
Por el contrario, en Vladimir Condorccallo el lenguaje no se fuga hacia la
abstracción: echa raíces. Cada fragmento recortado y cada verso derivado de ese
hallazgo interno responden al impulso orgánico de un sujeto que duele, ríe y
tropieza sobre su propio territorio, demostrando que la poesía no es poseer una
verdad externa, sino la gracia de re-conocer que la palabra siempre estuvo
encarnada en el barro y la luz del propio idioma.
Pedro
Granados, 2026
