La poesía de Pedro Granados se alza hoy como un contrapunto crítico frente a una deriva literaria que parece haber confundido la creación con el reportaje. En un momento en que la poesía norteamericana —y, por extensión, gran parte de la literatura global— se desplaza peligrosamente hacia el registro prosaico, el “mundo diurno” y la sobreexposición del dato periodístico, la obra de Granados actúa como un dique de contención. Mientras el periodismo literario intenta diseccionar el mundo desde la superficie, Granados lo ausculta desde la víscera.
Como bien advierte Elizabeth Brunazzi al comentar el trabajo de Leslie Bary sobre Amerindios, la fuerza del poeta peruano reside en su capacidad para devolver a la superficie de la conciencia las fuerzas elementales de la tierra. Su poesía no informa sobre el mundo; lo habita. En ROXOSOL y en su reciente proyección neoyorquina, asistimos a una recuperación de lo elemental: la vida animal entendida a través de la afinidad entre especies, el espíritu como un puente tangible que une el tiempo con la materia física, y una intuición de lo sagrado que no necesita de la justificación de la “noticia”.
Esta audacia es política en el sentido más puro del término. Al resistirse a la “literatura del día a día” —ese estilo que confunde la relevancia con la actualidad—, Granados reactiva la memoria profunda de una tradición andina que, lejos de ser un objeto arqueológico, es un cronotopo vivo. Sus versos no son notas de prensa sobre la realidad, sino la realidad misma en estado de ebullición. Es un lenguaje que ha decidido dejar de “explicar” el mundo para empezar a “sentirlo” desde sus raíces, sus heces, su saliva y su sol mineral.
Frente a la fatiga de una literatura que se ha vuelto plana y autoconsciente, la obra de Granados propone un regreso a la potencia del “cuerpo enterrado”. Nos recuerda que, para que el espíritu sea capaz de salvar el abismo entre la vida y la muerte, debe estar dispuesto a ensuciarse con el fango, a escuchar el latido del perro y a aceptar que la verdadera belleza no es lo que se “reporta”, sino lo que nos transforma. En esta coyuntura, el poeta se convierte en el guardián de una lengua que no nos pertenece, pero que nos obedece cuando, abandonando la ironía y el periodismo, nos atrevemos a hablar desde el centro de la piedra.
Ignacia Augusta-Pedro Granados
.jpg)
