Existe una trampa, más sutil y quizás más peligrosa que el mero reportaje, que habita en ciertos círculos de la “poesía militante” actual. Es la deriva glosemática de aquellos que, desde el confort de una posición privilegiada, construyen un lenguaje de barricada para, irónicamente, mantenerse a salvo de la realidad que pretenden “redimir”. Lo que observamos en propuestas como las vinculadas a Álbum del Universo Bakterial es una militancia de estetización, donde el discurso oficial progre se convierte en un aparato de filtrado.
Mientras Pedro Granados propone un regreso a la saliva, al chasquido y al perro —es decir, al cuerpo que suda y al fango que nos iguala—, este discurso oficial insiste en la higiene de la consigna. Es una militancia que, al estar en conflicto con su propia pertenencia de clase, necesita “glosematizar” la poesía: convertirla en un sistema cerrado de signos, una gramática de la rectitud política que ahoga cualquier posibilidad de arrechura o de espíritu andino.
El problema de esta tendencia no es su ideología, sino su ausencia de cuerpo. Al transformar la experiencia humana en un objeto de estudio sociológico —en un “proto-texto” o una “intertextualidad” de laboratorio—, estos autores terminan por hacer lo mismo que denunciábamos en el ensayo sobre ROXOSOL: confinar la verdad en un esquema. Es un arte que se declara “progre” pero que teme a la democracia de la carne; un arte que habla de “el otro” sin haber sentido nunca el roce de su diferencia, porque esa diferencia, una vez que atraviesa la criba de su sistema glosemático, pierde su olor, su rasposidad y su derecho a ser “invisible” o “sagrada”.
La diferencia radical con la propuesta de Granados es que, mientras ellos intentan explicar la verdad, Granados intenta habitarla. La “sonrisa abozaleada” de la que habla el poeta en sus memorias de la PUCP es el polo opuesto a esta militancia de vitrina: la una es un gesto de soberanía que sabe remar contra la corriente, la otra es una postura defensiva que busca en el esquema académico la validación que no puede encontrar en la vida.
Lo que Pedro Granados le plantea a los “Glosemáticos de la poesía” es un desafío de despojo. Les pregunta, sin decirlo, si son capaces de escribir un verso que no sea una nota al pie de una teoría sociológica. Si son capaces de admitir que la “militancia” sin saliva no es más que una forma refinada de silencio. Frente a su militancia de papel, la respuesta de Granados es una ontología de la persistencia: la convicción de que, entre el fango y lo que ha de ser, la única militancia real es la que se hace cargo de la propia fragilidad, aceptando que, en el fondo, todos somos un “sabueso de Trilce” buscando la plenitud en la misma piedra que ellos prefieren usar solo para construir muros.
Ignacia Augusta, 2026
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