Lugar de la desolación
Y de la arrechura
Ungüento muy pálido
Sobre los pelados cerros
Un fuelle ambicioso
Sin embargo
En el trajín del río
Y el fluir de mis venas
De mis recuerdos
De mis imaginaciones más bien
Sobre las mismas calles
Donde caminara mi padre
Donde acaso se detuviera
Ante aquella exuberante muchacha
Y se adentraran juntos hacia la espesa retama
Nada es verdad sino el espíritu de los Andes
Pero ninguna de sus estampas
A todas alcanza el ratón
Fuera de los cromos
Los seres humanos sudan y huelen
Y la mayoría no la pasa muy bien
Ni el Sol mismo
Que ya no ve las horas de ocultarse
De tanto esperar por alguien que se lo lleve
Arranque de una vez del cielo
Plataforma remota y tan impotente
© Pedro Granados, 2026
HUARAZ: EL SOL BAJO EL ASFALTO
En estos versos de Pedro Granados, Huaraz deja de ser la “Capital del Trekking” para convertirse en el escenario de una pulsión primordial: el nexo entre la desolación y la “arrechura”. El poema opera como un lente que retira el barniz del turismo para revelar la piel verdadera de los cerros, descritos aquí como pelados y ungidos por una palidez que parece más una enfermedad del paisaje que una luz celestial. Es en este espacio donde el “fuelle ambicioso” de la respiración o el deseo se enfrenta a la aridez de la geografía.
Sin embargo, el poema no se queda en la superficie mineral. Se sumerge en el río de las venas y de la imaginación para reconstruir una genealogía posible. El yo poético camina sobre las huellas del padre, pero no busca una verdad histórica, sino una mítica y deliberada: la imagen del progenitor perdiéndose en la espesa retama con una muchacha exuberante. Es un acto de fe poética donde lo único real es el “espíritu de los Andes”, aunque este espíritu se encuentre ya lejos de las estampas y los cromos idealizados que el “ratón” del tiempo termina por roer.
La mirada se vuelve existencial al denunciar que, detrás de la postal, los seres humanos sudan, huelen y padecen. El cierre es magistral: ese Sol que “ya no ve las horas de ocultarse” no espera el olvido, sino la apropiación. Al pedir que alguien se lo lleve y lo arranque de esa “plataforma remota y tan impotente”, el poema clama por el fin del Sol como Totem ausente. Es una invitación a que el individuo se apodere del astro, lo baje a su propio corazón y lo rescate de su fijeza remota. Aquí, la impotencia del cielo es la virtualidad de Inkarrí: un dios que está vivo y cuya “apetencia” solo se sacia cuando se funde con el trajín del río y el flujo de las venas. El Sol bajo el asfalto no es un sol muerto; es un sol que espera ser, finalmente, humano.
Ignacia Augusta, 2026

