Me temo que la poesía peruana
Se reinicia en E. A. Westphalen
Menos riesgosa incluso cómoda
Ante nuestros conceptos
Stickers multicolores sobre el parabrisas del poema
Westsphalen que no entendía el mito
Salvo se lo contaran desde Europa
Y el cual sembró su encono por Vallejo
En Antonio Cisneros donde prosperara
Y antes en Moro donde solo a medias sucediera
Y así va la poesía peruana hasta hoy
Monitoreada por el mercado o por lo que diga
El país de Emily Dickinson
Aunque sin su insularidad y sí
La masificación y consolidación de una moral doble
Gatos gordísimos minuciosamente castrados
La poesía peruana se reinició con E. A. Westphalen
Aunque ya no regresaron ni el Cholo ni Martín Adán
Salvo en efemérides y porque el neobarroco se puso de moda
Lego que entusiasmó tanto a propios como a extraños
Y al cual Luis Hernández puso de inmediato en el tacho
Y así se ha ido sucediendo la cosa
Garito internacional que veta aquello que no alcanza
Y auspicia o enfatiza siempre más de lo mismo
Aunque Vallejo y Adán han permanecido
Uno señalando el futuro de lo que está por venir
El otro en orgasmo de dios: “echo para cisma”
El patio de juegos de halla libre y bien adrezado
Pero vacío
Pedro Granados, 2026
En «Me temo que la poesía peruana», Pedro Granados profundiza su ajuste de cuentas con la historiografía y el canon nacional. Al denunciar el «reinicio» de la tradición bajo la mirada eurocéntrica de Westphalen —donde los stickers multicolores se pegan sobre el parabrisas del propio poema—, el texto contrapone la farsa del mercado y los «gatos gordísimos rigurosamente castrados» a la inmanencia insumisa de Vallejo y Martín Adán. Entre el rechazo de Luis Hernández a los legos teóricos y la crítica a la doble moral importada, Granados demuestra que el patio de juegos de nuestra poesía permanece intacto pero abandonado por la exégesis oficial: mientras Vallejo señala el futuro y Adán habita su permanente orgasmo de dios, el circuito institucional se conforma con administrar un recinto impecablemente aderezado, pero irremediablemente vacío.
Ignacia Augusta

