domingo, 16 de agosto de 2026

OSWALDO CHANOVE O LA ESTÉTICA DEL ADORMECIMIENTO

El comienzo y el límite de la poesía de Oswaldo Chanove parecería ser la del perogrullo. Sus imágenes se perciben como las de un Antonio Cisneros un tanto más provinciano y el formato de sus poemas se asemeja a barquillas que flotan a la deriva. Estamos ante un carrusel que puede repetirse hasta el fin, donde no hay una real novedad comunicativa ni una tensión ontológica que sostenga la mirada.

No paramos de leer esta obra, pero no por las razones que argumenta Mario Montalbetti —quien sostiene que la fuerza de gravedad de los versos de Chanove es tal que hay que hacer esfuerzos reales para escapar de sus garras—, sino porque su poesía se dirige deliberadamente al aburrimiento y al adormecimiento. Se apoya en el juego de palabras como fin en sí mismo, tal como ocurre, en última instancia, con la propia poesía de Montalbetti: ambos terminan comprometidos con la misma estética de la somnolencia y el replegamiento cerebral.

Los textos de Chanove exhiben con claridad esta mecánica del bucle. En El jinete pálido (1994), la mirada se alza hacia el infinito solo para tropezar con la anécdota y la pirueta irónica: “Jamás –dijo– alcanzarás la meta” o la especulación de que “lo propio es tener una idea que sea el principio de un nuevo universo”. Todo transcurre en la superficie de un gesto predecible, donde la apelación al abismo o la fuga termina disuelta en una mueca ingeniosa pero inofensiva.

Esta misma inercia reaparece en Una doméstica imaginación del infinito (2020). La invocación de las grandes magnitudes —“Tenemos problemas con el infinito / Los rincones se dilatan”— convive con el catálogo de soluciones triviales y la devoción autoponderativa. La Virgen de las Angustias interviene tanto para salvar a los que golpean la cabeza contra las olas o rescatar una estación espacial, como para “ayudar al poeta / Que no encuentra nada nunca nada”. El poema se vuelve el registro de una basculación mecánica entre el abismo y la epifanía, donde la metafísica se empaqueta como consumo doméstico y el lenguaje no sufre jamás una verdadera transfiguración.

Incluso cuando la narrativa del poema intenta desplegar una imaginería fantástica o surrealista, como en El héroe y su relación con la heroína (1983) o en Sueño del artista adolescente, el procedimiento delata su propia fatiga. Se tejen y destejen filamentos de pelo de tigre, león, perro o vicuña en máquinas tejedoras, o se hace reventar un caracol del cual sale un insecto con tenazas amarillas. Sin embargo, la acumulación de imágenes caprichosas no alcanza a constituir una verdadera masa ni un ritmo interno; el trazo busca el impacto por la vía del desconcierto epidérmico, pero se queda en la yuxtaposición arbitraria.

Al carecer de un centro gravitacional propio, la obra de Chanove confunde la levedad con la deriva y la ironía con el vaciamiento. Lo que queda tras el recorrido no es la fascinación ante un sistema poético denso, sino la constatación de una fórmula que gira sobre su propio eje: una poesía que ha renunciado a la física viva de la palabra para acomodarse en la pirotecnia del concepto y la monotonía del guiño.

Pedro Granados, 2026